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Feinmann, José Pablo “La existencia-destino”


PÁGINA 12/ CONTRATAPA DOMINGO, 16 DE MAYO DE 2004


La existencia-destino

Por Feinmann, José Pablo
La infancia es el tiempo de la iniciación perpetua, todo lo que sucede sucede por primera vez, todo lo que sucede es iniciático. De ahí el peso formativo que adquiere esa etapa en toda existencia. De ahí que hayan surgido filosofías que postularon su precedencia a todo, en especial a la noción de “esencia” en su sentido religioso. Si el hombre hubiese sido creado por Dios sería una criatura, tendría una precedencia, tendría las virtudes y defectos que el buen Dios le habría dado. Pero no. Y en beneficio de ambos: del buen Dios y del hombre. Varias cosas pueden ocurrir con Dios: que exista o no. Que haya creado al hombre o no. Que intervenga en la historia humana o no. En Su beneficio (obsérvese que mantengo la tradición del uso de la mayúscula al mencionarLo) vamos a establecer una incerteza y dos certezas. La “incerteza” es que uno no puede saber si Dios existe o no. Es imposible “probarlo”, de aquí la eterna posibilidad de ese “salto” que llaman “fe”. Las dos certezas que estableceremos (insisto: en beneficio de Dios) son las que siguen: 1) No creó al hombre; 2) No tiene intervención alguna en la historia humana. Si Dios hubiese creado al hombre habría creado a un ente capaz de ser –en alguna de sus facetas– Hitler. Pero, no seamos torpes. Otra vez con Hitler. ¿Para qué recurrir a él una vez más si la historia humana no cesa de ofrecernos el espectáculo de la recurrencia del horror, de su infinita perdurabilidad? La pregunta de hoy es: ¿cómo es posible que Dios haya “creado” a un ser capaz de tomar la forma de la marine estadounidense Lynnie England? ¿Cómo, al crear al ser humano, no le incluiste, Dios, un dispositivo que obliterara por completo la posibilidad-Lynnie England? Entonces, por Tu bien, vamos a liberarte de todo eso. Sólo un monstruo podría crear monstruos. Sólo un monstruo podría crear un ser tan monstruoso como Lynnie England. Imaginen si a la pregunta del bueno de Robert Fisk (“¿Quién enseñó a Lynnie y a los otros sádicos estadounidenses de la prisión de Abu Ghraib a hacer esto?”) respondiéramos: Dios. No, Fisk tiene respuestas (o, al menos, las tenía) más tranquilizadoras: “En otros tiempos solía yo preguntar quién enseñó a la policía secreta siria e iraquí a hacer tales cosas. La respuesta es simple: la policía secreta de Alemania Oriental”. De donde deducimos que los hombres buscan patéticamente tranquilizarse. Para Fisk, antes de Lynnie England, las cosas eran claras: los perversos sirios e iraquíes practicaban atroces torturas porque los perversos comunistas de Alemania Oriental los entrenaban. Ahora todo se le ha trastocado. Ahora su pregunta es: ¿quién entrenó a Lynnie England? Sin querer incomodar ni menos aún ofender a Robert Fisk, nos permitiremos señalarle que nosotros, aquí, en América latina, territorio arrasado por todo tipo de indescriptibles torturas que hacen de Lynnie England, cuanto menos, una princesita a lo Grace Kelly o un cisne etéreo a lo Audrey Hepburn, siempre supimos quiénes entrenaban a nuestros torturadores. Que, ellos, no eran sirios ni iraquíes. Ni sus entrenadores pertenecían a la policía secreta de Alemania Oriental. Los torturadores argentinos (que instauraron un reino de la tortura a partir de 1976) fueron entrenados por los paracaídistas franceses de la OAS y arribaron a la más alta sabiduría del horror en la Escuela de las Américas, Escuela sita en los Estados Unidos de América, de donde es oriunda Lynnie England. No hay que buscar demasiado lejos dónde aprendió su oficio esta señorita: en su país, en un país que sostenía instituciones de alta eficacia dedicadas por entero a la ciencia del martirio, la vejación y, por fin, la muerte de los hombres bajo el propósito de “obtener información”, trabajo al que suelen llamar “de inteligencia”. Los torturadores de la Argentina precedieron a la Srta. England en el matiz “civilizatorio” de su Cruzada pues se consideraron defensores, no sólo del territorio “nacional”, sino de la civilización Occidental y Cristiana en una guerra a la que llamaban Tercera. Hoy, no paradojalmente, la marine England defiende esa “civilización”, no contra el “marxismo apátrida y ateo”, sino contra el Islam fanático, barbárico y terrorista. En suma, y en descargo de Dios, cabe afirmar que El no creó al hombre, que El no pudo arrojar sobre un planeta tan hermoso como éste un ser que tenía en sí la posibilidad de convertirse en Lynnie England. Y el tercer punto se desprende del segundo. ¿Cómo plantear que Dios tiene intervención en la historia humana? No, este absoluto desastre es obra de los hombres, de ellos solamente, que carguen ellos con su creación, la historia, ese relato impiadoso que avanza –según el dialéctico Hegel– por su “lado malo”. Concluyendo: Dios no creó al hombre ni tiene intervención en la historia. ¿Qué puede importarnos si existe o no? Acaso usted Lo necesite cuando abre un diario y le dicen que el telescopio Hubble atrapó imágenes de una galaxia ubicada a unos 2300 años luz de la Tierra. Acaso ahí usted se marea, se le cae encima el entero Universo, las infinitas preguntas sin respuesta que el maldito telescopio Hubble sigue alimentando y usted, sofocado, exclama: “¡Sí, hay Dios, tiene que haber un Dios!”. Y bueno, quién le dice, por ahí sí, hay. Y hasta por ahí, cualquier mañanita de éstas, el Hubble se lo fotografía y tiene la cara de Groucho Marx, muerto de risa.

Al no ser una creatura divina, el hombre no tiene “esencia”. Surge al mundo existiendo, en tanto “existente”. De aquí la centralidad de la infancia. Si (según la célebre fórmula) “la existencia precede a la esencia”, el hombre empieza por ser nada y luego empieza a ser “algo”. Un pensador nacional, Carlos Menem, habló de la niñez y la dividió en dos. Hay dos clases de niños, dijo: “Niños pobres con hambre y niños ricos con tristeza”. Para él eran igualmente desdichados y se proponía gobernar para ambos. Sin embargo, el hambre y la tristeza no marcan del mismo modo. La tristeza suele solucionarse. De hecho, en pocos meses de gobierno, Menem cumplió el 50% de su promesa: los padres de los niños ricos empezaron a ganar tanto pero tanto dinero que hasta pudieron comprar para sus hijos la alegría que les venía faltando. La pobreza (por medio de las dos carencias que la definen) destina al niño pobre, le quita la libertad, sus posibilidades, la apertura del futuro. Hay dos carencias definitivas en la pobreza: la carencia de comida y la carencia de educación. El niño pobre tiene una existencia-destino. El niño rico tendrá tristeza pero tiene libertad, proyección, posibilidades. El hambre y la falta de educación condenan al niño pobre. Y ésta no es sólo una cuestión social o económica, sino antropológica. Una existencia-destino es una existencia ya decidida, trazada, sin retorno. El hambre debilita –estrechándolo sin piedad– el horizonte de la inteligencia. El pibe pobre puede ser pillo, vivillo, pícaro, pero jamás inteligente. Hay que comer para tener neuronas sanas y frescas en la cabeza. Así de simple. El pibe pobre no come y no se educa. No podría, además, educarse porque el hambre le debilitó su capacidad racional. El pibe pobre está condenado a ser el pibe pobre. Podrá “ser” lo que su contexto-destino le ofrezca: mandadero, peoncito, adicto a las drogas impuras e infames que consigue, escolar con frío, escolar indiferente, ratero empedernido, inculto irredimible y –por supuesto– delincuente. La experiencia extrema de la marginalidad y la exclusión social que el (neo)liberalismo instauró en América latina tiene temibles lecturas filosóficas: el hombre no es libre. Y no porque lo preceda el lenguaje, tampoco porque surge en un modo de producción y en unas relaciones de producción ya establecidos, o por el inconsciente. No (o no sólo por eso): el hombre no es libre porque hoy más de la mitad de la humanidad está hundida en el hambre. Hundida (no en la existencia que se arroja a sus posibles para darse el ser, no en el estado de arrojo temporalizante que abre el horizonte) sino en la existencia-destino. Que sólo puede llegar a ser lo que empezó siendo: una cosa, un desecho. Una existencia-condena. Pueden estar tranquilos quienes piden llevar la imputabilidad a los catorce, a los ocho años. El pibe pobre, el pibe hambre, el pibe ratero sin escuela ni maestros ni pizarrones ni manuales nació imputable. Cuando, al fin, la sociedad educada lo mete entre rejas sólo está cerrando un círculo que los orígenes ya habían trazado.




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artículos de otras páginas:

Se recomiendas las lecturas de estos artículos publicados en la Página del Observatorio de Jóvenes, Comunicacion y Medios de la Facultad de Periodismo y Comunicación , presentados en el marco del JUMIC



http://www.perio.unlp.edu.ar/observatoriodejovenes/archivos/estrategias.pdf
Jóvenes: Estrategias contra el despojo *Dra. Florencia Saintout


http://www.perio.unlp.edu.ar/observatoriodejovenes/archivos/violenciaexpresiva.pdf
Jóvenes y violencia: Ante las clasificaciones mediáticas de los demás Dra.Florencia Saintout

PUBLICIDAD Y JÓVENES: REPRESENTACIONES, VALORES Y DESVALORES EN LA SALTA CONTEMPORÁNEA
Mariana I. Valdez
http://www.perio.unlp.edu.ar/observatoriodejovenes/archivos/ponencias/vinas/valdez.pdf

EL “CASO EDGARD”: LA CONSTRUCCIÓN MEDIÁTICA DEL JOVEN POBRE Y DELINCUENTE María Florencia Gentile
http://www.perio.unlp.edu.ar/observatoriodejovenes/archivos/ponencias/vinas/gentile.pdf

MEDIOS MASIVOS DE COMUNICACIÓN: DISCURSOS HEGEMÓNICOS Y ESTIGMATIZACIÓN DE LOS JÓVENES DE LOS SECTORES EXCLUIDOS DE LA SOCIEDAD Lic. Andrea Julia Manzoratte
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“¿DAMAS GRATIS Y PIBES CHORROS? INTERCEPTANDO PRÁCTICAS Y REPRESENTACIONES SOBRE MUJERES Y VARONES JÓVENES DE SECTORES POPULARES” Malvina Silba. Licenciada en Sociología (UBA)
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LOS DISCURSOS MEDIÁTICOS Y EL PROBLEMA DE LA VIOLENCIA ESCOLAR Claudia Fino

http://www.perio.unlp.edu.ar/observatoriodejovenes/archivos/ponencias/vinas/fino.pdf

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Algunas síntesis



Seminario Juventud Comunicación y Pobreza , algunas síntesis:









En esta propuesta intentaremos poder articular las nociones expresadas por el grupo, rescatando aquellas que superen diferentes reduccionismos y contradicciones, para tratar de construir una noción básica (siempre abierta a su discusión y superación) donde todos los integrantes del seminario, podamos sentirnos cómodos y representados nuestros intereses en ella.


Diríamos en principio, que la Comunicación es un proceso. Porqué un proceso, porque es un acción, una práctica, una praxis, mediatizada o no, que no puede aislarse de un marco cultural de producción, construido socio-históricamente. En ella intervienen sujetos, mediados por soportes o no. Sin embargo, no es meramente diálogo entre sujetos, ni puesta en común de ideas, tampoco son los medios de comunicación en si mismos. Diríamos que la Comunicación entonces, es un proceso mediante el cual unos sujetos enmarcados en un determinado contexto social y cultural, interpelan a otros a través de diferentes mecanismos, en un proceso intencionado de producción y/o reproducción cultural. Entendiendo la cultura como un proceso de construcción socio- histórica inacabado, de sistema de valores, creencias, pautas y normas, legitimante para aquellos sujetos que forman parte de la misma.


En consecuencia, La Comunicación es un proceso de construcción y cohesión social esencialmente político, construye y reproduce Cultura legitimante, identidades culturales para los sujetos inmersos en ella, los cuáles adhieren o no, problematizan o no y construyen en diálogo con las mismas, a través de diferentes mecanismos de participación en este diálogo, contraculturas o culturas emergentes.


Ahora bien, imaginamos que de aquí nacerán interrogantes, que den lugar a cuestionarse de todas aquellas charlas informales, chat, diálogos en la mesa familiar , en la parada del micro, en el consumo de medios, y otras prácticas “comunicativas” cotidianas. Bien, todas estas interrelaciones humanas, pueden ser procesos de comunicación o bien pueden constituirse como intercambio de información, información no es lo mismo que comunicación. Cuando en este intercambio, no hay una interpelación entre los sujetos, cuando el otro, no construye ni deconstruye, el proceso comunicativo no existe.


Decíamos respecto a la noción desde la cual pensaríamos a la Comunicación (por lo menos en este espacio) que es un proceso de construcción y cohesión social esencialmente político, que construye y reproduce Cultura legitimante, identidades culturales para los sujetos inmersos en ella. Estas identidades Culturales legitiman determinado orden social, donde pertenecer a la misma requiere de ciertos aspectos comunes en cada uno de estos órdenes. Reconoceríamos un Orden dominante que sería el de los incluidos en la propuesta política, o sea aquellos ciudadanos escolarizados, trabajadores, que paguen sus impuestos, porten su documentación en regla, que voten, participen en la propuesta democrática y consuman.


Sin embargo podemos encontrar diferentes culturas, no necesariamente resistentes ni contra hegemónicas, que no pueden por diferentes circunstancias responder al modelo identitario de sujeto “ciudadano” y dentro de estas culturas otras tantas, cada vez mas alejadas de ese modelo.


Esta posibilidad de acceso a los recursos que nos convierten en ciudadanos es nuestro lugar para pensar la Pobreza. Así, encontraremos diferentes formas de ejercicio de ciudadanía, más o menos precarizadas, que no necesariamente implican la posesión de recursos económicos.


En consecuencia, consideramos que la Comunicación, cómo constructora y reproductora de Cultura y de Identidades Culturales, es el espacio desde donde pensar nuevas estrategias para disminuir éstas distancias y para la construcción ciudadana. Cuando nos referimos a la ciudadanía estamos pensando en aquellas "prácticas sociales y culturales que dan sentido de pertenencia", es allí , donde la Comunicación encuentra su lugar, en la construcción de Culturas y prácticas que permitan bregar por estos sentidos de pertenencia, no, remarcando la exclusión, sino trabajando por la inclusión en respeto por la multiculturalidad, pero con el mismo acceso al ejercicio de ciudadanía.




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Educación y pobreza: una relación conflictiva



Educación y pobreza: una relación conflictiva

Miguel Bazdresch Parada

Introducción


La relación entre la educación y la pobreza es una relación construida. No es obvia o “natural”, no obstante la idea muy difundida acerca de que la educación es una de las formas privilegiadas de evitar y/o salir de la pobreza.

Las ideas de pobreza y de educación son constructos asociados a supuestos e intenciones sociales que responden a los intereses de diversos grupos sociales específicos. El propósito de este artículo es dar cuenta de cómo se construye la relación educación y pobreza, específicamente en la investigación educativa, y de cuáles son las consecuencias prácticas de esa elaboración.

La relación entre educación y pobreza (REP) está constituida en la cotidianidad por una idea ampliamente generalizada en el imaginario social de nuestra sociedad. Una expresión que resume ese imaginario es “La educación es una vía hacia una mejor manera de vivir”. Tal idea consiste en términos generales en estimar como un bien de gran importancia a la educación, en tanto base, medio sine qua non y forma privilegiada de conseguir una posición económica y social más elevada dentro del conjunto social1. Vale aclarar que en esta idea se entiende “educación” como “escolarización”.

Léase a modo de ejemplo mexicano el siguiente enunciado central del Programa Nacional de Educación 1995-2000 del gobierno federal2:



Pobreza, desigualdad social y ciudadanía

“La prioridad otorgada a la educación básica corresponde a un reclamo permanente de la sociedad: para los mexicanos, una educación pública laica, obligatoria y gratuita constituye el medio por excelencia para el mejoramiento personal, familiar y social. Al mismo tiempo, la sociedad confía a la escuela el fortalecimiento de valores éticos y cívicos que garantizan la convivencia armónica y que nos confieren identidad como nación” (SEP México, 1996: p 19).



Nuestro propósito ahora es identificar cómo se piensa a la REP en la investigación de la educación3. Ello no implica desconocer los aportes de la investigación económica y sociológica, que son importantes sin duda, sino recuperar la aportación específica de la investigación educativa (IE), si la hay, con la idea de identificar lo peculiar de su visión y acción.



El problema central





Quizá el problema central al que se enfrentan de diversos modos quienes tratan de construir una relación entre la educación y la pobreza sea la dificultad de asociar directamente la una con la otra. La pobreza frecuentemente se define o reconoce en base a consideraciones de carácter económico, según diferentes enfoques y planteamientos4. El método más usado, aunque también más criticado, es la definición de los pobres a partir de la construcción de una “línea de pobreza” en base a encuestas de hogares, requerimientos mínimos de nutrición, construcción de “canastas” alimentarias básicas, valoración de las mismas, y factores de desarrollo humano tales como escolarización, acceso a la cultura y alfabetismo. Quienes no posean los mínimos establecidos en esa “línea” son considerados “pobres”.



Por otro lado, en la IE no detectamos un “marco conceptual” propio para definir la REP. Lo más cercano a una teoría educativa de la pobreza es la hipótesis -entendida a modo de guía de la acción- relacionada con la noción de “calidad educativa”5, que interroga acerca de si la acción educativa “entrega” los elementos necesarios para conseguir la promesa primera de “educarse” y de la consecuente “vida mejor” imaginada como resultado de ese “educarse”. Lo común entre quienes estudian la REP es dar por supuesto que el hecho “estar educado” contribuye



per se a disminuir la pobreza, aunque no explican en detalle cómo se da en los hechos esa contribución: proporcionan mediciones y comparaciones con base estadística, que muestran que los escolarizados son los que tienen acceso a niveles de ingreso altos. Otra forma común es mostrar que los pobres con más frecuencia reciben, o están expuestos a recibir, una educación de mala calidad.



Ante este escenario surge la siguiente cuestión: ¿hemos de ubicar la carencia de educación como una consecuencia de ser pobre? ¿O como una causa? ¿El no educado será pobre mientras no se eduque? ¿Es acaso posible que no exista relación entre educación y pobreza? Las páginas que siguen tratan de esclarecer esta cuestión.



Las teorías

En general la IE utiliza varios conceptos casi como sinónimos para referirse al problema general de carencia típico de la pobreza en sentido lato. Es frecuente encontrar el uso del término “desigualdad” para referirse a la pobreza. Se trata sin embargo de un concepto diferente, pues caracteriza la situación económica y/o social asimétrica entre grupos, sectores o personas. También se usa el término “marginalidad”, referente a la situación de los grupos sociales pobres en relación con el disfrute, la participación y el uso de beneficios y espacios sociales. El concepto de “equidad” se usa también, y si bien los pobres sufren por su falta, ésta no es lo mismo que la pobreza, pues se refiere a la “igualdad de oportunidades” de los diferentes sectores y grupos sociales. En años recientes se ha incorporado el uso del término “exclusión” para especificar mejor las consecuencias de la pobreza y hacerla visible. Se trata de un concepto mediante el cual se recupera la acción, resultado de la dinámica social mediante la cual los pobres no solamente son un grupo carente, sino que efectivamente la sociedad los “excluye”: activamente les impide el acceso a los satisfactores y a las oportunidades. Este concepto es muy sugerente para entender lo que pasa en la sociedad; sin embargo, no es equivalente al de pobreza.



La definición clásica de pobreza es la falta de acceso o dominio de los requisitos básicos para mantener un nivel de vida aceptable. Esto significa que una persona es pobre si no tiene suficiente comida o si carece de acceso a una combinación de servicios básicos de educación, atención de salud, agua potable, sistemas de saneamiento adecuados y un lugar de residencia seguro. Generalmente los economistas usan el ingreso como medida representativa de la pobreza, porque brinda los medios para asegurar la atención debida a las demás necesidades básicas. Por tal razón, la mayoría de las estrategias para combatir la pobreza debieran dedicar suma atención a la generación de ingresos como la principal solución del problema. Sin embargo, es notable cómo desde hace por lo menos una década atrás la preocupación está en proporcionar compensaciones a quienes se ubica por debajo de la “línea de pobreza” mediante programas muy amplios de focalización de los “pobres”, a fin de entregarles algún tipo de ayuda compensatoria alimenticia y de salud.



Según lo anterior, la educación (escolaridad) es un índice entre otros para establecer quién es pobre y quién no. Pero por sí misma, la definición clásica de pobreza no establece una relación con la educación. Así, podemos definir la cuestión principal de este modo: ¿cuál es la relación entre educación (escolaridad) e ingreso?.



Desde el punto de vista teórico hay ciertas teorías disponibles. Son teorías “producto”, es decir, marcos conceptuales que interpretan el papel de la educación en su relación con la pobreza, la desigualdad, la equidad y la marginalidad indistintamente. Son usadas desde el Estado para legitimar, significar y organizar la política educativa y sus estrategias. Y desde luego, constituyen puntos de referencia teórica de los investigadores pero no son teorías usadas para responder empíricamente a la cuestión. Son cuatro las posiciones teóricas, que presentaremos a continuación.





La teoría del capital humano: Esta teoría, muy divulgada y usada para organizar y evaluar la educación en México, tiene su matriz en la filosofía liberal. Los educadores y políticos liberales sostienen que los sistemas educativos tienen tres funciones: socialización; adquisición de habilidades, destrezas y entrenamiento; certificación. Tales funciones contribuyen a la asignación racional de recursos según las necesidades sociales, y generan movilidad social. De este supuesto deriva la teoría del capital humano: mayor educación proporciona más “capital humano” (socialización, conocimientos y certificados) a los miembros de la sociedad para competir por los puestos y los ingresos. El supuesto sugiere que los sistemas educacionales cumplen una función distributiva, pues preparan para los diferentes roles de la división social del trabajo y asignan el talento de manera eficiente con base en la competencia de los más hábiles. Mayor educación genera mayor productividad potencial de la fuerza de trabajo, y como consecuencia, mayores ingresos potenciales para los trabajadores.



Esta teoría, dicho de modo simple, considera a la pobreza como un fenómeno que ocurre porque las personas no han adquirido las habilidades cognitivas básicas para ser exitosas en el mundo. Por tanto, basta con educarlas, darles acceso a la escuela o proporcionarles compensaciones educacionales, y así se disminuirán al mínimo las probabilidades de “recaer” en la pobreza. La crítica principal a esta teoría consiste en que, aunque no se lo quiera así, de hecho las prácticas docentes y los contenidos curriculares son diferentes según la clase social de los alumnos, lo cual reproduce la desigualdad, y más aun, la legitima. La teoría hace de la igualdad de oportunidades el centro de la política educativa para superar la pobreza, y curiosamente tiene dificultades para explicar el por qué de la existencia de la desigualdad: ¿por qué, si la política educativa trata de ofrecer “educación para todos”, persiste la desigualdad de oportunidades?



El punto central que explica esa persistencia está en la imposibilidad de ofrecer a desiguales sociales (minorías, indígenas, pueblos marginados) una oportunidad igual a la de otros grupos cuyo “capital cultural” es de entrada diferente y con perspectivas de futuro diferentes, quizá poco compatibles con la idea de entrar en un mercado de trabajo estratificado, productivo y competitivo. Aun en el supuesto de una educación igual, a la salida los grupos con menos capital cultural enfrentan mayores dificultades para ingresar al mercado de trabajo. De estas críticas surgen otras teorías.



Entre quienes utilizan este enfoque en México están los investigadores asociados a la óptica gubernamental, pues la teoría del capital humano es la que se invoca en dichos círculos para implementar la política pública educativa. Por ejemplo, para probar o no los resultados prácticos de las acciones compensatorias para la superación de la pobreza6. Además, la utilizan aquellos trabajos que estudian la relación entre educación y desigualdad, educación y equidad, y educación y marginalidad7, y la investigación diagnóstica del estado que guarda la educación básica en diferentes entidades de la república mexicana, con base en un marco de indicadores relativos a equidad e igualdad de oportunidades8.



Se puede decir, de manera general, que la mayor parte de la IE relacionada con la REP está vinculada a esta teoría del capital humano, ya sea porque se acepta en cuanto tal o porque la IE se dirige a detallar la REP empíricamente, a revisar factores, condiciones y variables relativas tanto a la educación en cuanto tal (maestros, alumnos, gestores, financiamiento, etc.) como a las políticas educativas públicas que determinan líneas de acción para “combatir la pobreza” con la educación.



Mostrar que la desigualdad (recuérdese el uso común de tratar la pobreza como desigualdad) persiste a pesar de los esfuerzos del gobierno, explorar alternativas para disminuir la desigualdad, analizar detalladamente variables internas a las escuelas, demostrar la persistencia de la diferenciación entre clases, sectores y grupos, y analizar los efectos sociales (en la disminución de la pobreza, en la equidad o la desigualdad) y educacionales de los programas compensatorios, son los temas recurrentes y abundantes de la IE con este enfoque.



Teoría de la elección racional





Esta teoría se basa en la crítica del “estado de bienestar” proveedor de educación para todos. No modifica los supuestos liberales acerca de la educación como mecanismo de superación de la pobreza, pero traslada el peso de la acción al individuo y plantea un giro en la política educativa. El centro es ahora que los ciudadanos elijan cómo gastar sus impuestos en educación. La argumentación puede visualizarse así: la pobreza es una cuestión individual. El estado no tiene por qué tratar de solucionar las carencias individuales, especialmente en materia educativa, que supone la acción y el deseo individual. Póngase entonces a disposición de los individuos el ingreso necesario para que elijan dónde y cómo usarlo para educarse. Inevitablemente, los fundamentos anteriores llevan a proponer que la educación sea dejada al libre juego del mercado, privatizada para desplazar el costo hacia los usuarios directamente. La clave está, según esta teoría, en tener tantas oportunidades de financiamiento de la educación como demandantes individuales haya de la misma. Los usuarios deciden qué educación “compran”, la supervisan pues pagan por ella, y la adecuan a las necesidades del mercado del trabajo y de la productividad, pues nadie se interesará en una educación irrelevante o ineficaz.



La teoría de la elección racional no abdica de la idea de resolver sustancialmente la pobreza con la educación, pero ahora es la educación que los individuos estén dispuestos a adquirir, en vista de su competencia en un mercado que discrimina “hacia arriba” a los talentosos. No más la educación pública de poca calidad, costosa, e ineficiente.



En México la política pública sigue dominada por el “capital humano”, y el estado nacional aun no renuncia a la obligación de proveer educación para todos, aunque empieza a proponerse y discutirse la elección individual como mecanismo para combatir la pobreza. Por ejemplo, cuando se insiste en cobrar directamente al alumno o a su familia la educación superior, o cuando se propugna por sistemas “mixtos” de sostenimiento de las instituciones educativas públicas, especialmente las universidades. Otro escenario de divulgación de la elección como centro de la acción educativa contra la pobreza es la insistencia en una educación adecuada al mercado, sin referencia a la necesaria formación del sujeto en áreas no propicias en el mercado pero necesarias al país, lo cual significa abandonar la idea de educar para la realización de la persona.



Teoría social-demócrata





Este enfoque es en realidad una versión modificada de la teoría del capital humano. Privilegia la acción gubernamental para proporcionar educación, al mismo tiempo que la acción ciudadana para vigilar la eficiencia y la igualdad de oportunidades. El centro de esta propuesta, siempre en el supuesto de que educar contribuya a eliminar la pobreza, es vincular la libertad de elegir el cómo, el dónde y el cuándo de la educación, con la obligación del estado de ofrecer educación pública suficiente para que nadie quede sin oportunidad. Ciertos desarrollos de la IE se acercan más a los supuestos y la idea central de esta teoría. En estos planteamientos se ubica a la superación de la pobreza desde una nueva organización social cuya posibilidad implica “educar para poder” y no sólo “educar para saber”, lo cual entraña una elección del individuo y un financiamiento no estatal, aunque se excluye la privatización y el adecuarse ciegamente al mercado9.



Teoría marxista





El marxismo ha inspirado, especialmente en los años posteriores a 1968, estudios de la educación desde una sociología coherente con los supuestos del materialismo. Un punto clave es la consideración de la educación como una actividad dirigida a mantener la estructura social de clases y de poder. La educación está al servicio y en función de la clase en el poder, para reproducir la estructura dominante que garantiza a dicha clase mantenerse en el poder10. Estos fundamentos generaron una variante en la cual se concedía cierta capacidad de la educación para la transformación social, siempre y cuando se efectuara con autonomía del Estado y se desarrollara para concientizar, para emancipar, o incluso para organizar la lucha contra-hegemónica. Este enfoque sustentó en el pasado investigaciones empíricas dirigidas a demostrar cómo el Estado “reproducía” desde el aparato educativo la estructura de clases sociales y económicas por la vía de preparar sujetos diferenciados cuyas opciones de inserción en el trabajo eran, precisamente, diferenciadas: sólo accedían a “las alturas” quienes ya vivían en ese nivel. Y, salvo alguna excepción, quienes vivían en el nivel medio o bajo ahí se quedaban, sin importar qué educación hubieran recibido.



Basándose en estos planteos surge la “necesidad” de ofrecer educación “alternativa” desde actores sociales no estatales, independientes, para formar actores “emergentes” capaces de preparar y realizar el cambio social. La posición de esta teoría sobre la REP es simple: la pobreza se acabará cuando se acabe el sistema social que la produce. La educación no resolverá la pobreza. Por tanto, sólo es relevante la educación cuando prepara el cambio social, o mejor aun, una vez realizado el cambio. Paradójicamente, los autores de esta corriente insisten en que hay que educar, pero no desde el Estado, ni siquiera desde la escuela, sino desde una posición alterna, y como en el caso de la teoría anterior, con la finalidad de “educar para poder” que “desmonte” la ideología dominante (concebida según su connotación marxista) mediante un proceso de resignificación del sentido social y político de la acción social de los grupos marginados y/o pobres. Dos críticas importantes se han hecho a las teorías de inspiración marxista, especialmente a las tesis “reproduccionistas”. Una se refiere al hecho, dicho con sencillez, de que quienes hacen la crítica son precisamente los más beneficiados por el sistema. El argumento es que no debe ser tan malo el sistema educacional, puesto que da lugar a investigadores bien formados cuyos trabajos muestran el rezago con claridad y explican las causas. Por lo tanto, el problema no es de reproducción, sino de calidad, eficiencia y cobertura. Por otra parte se critica que la teoría de la reproducción lleva a un callejón sin salida. Si la educación sólo perpetúa el estado de cosas, ¿qué queda? ¿Cuál es la alternativa? ¿No hay que educar?



Diversos investigadores mexicanos dan cuenta de variados casos de acciones educacionales diseñadas según esta teoría o alguna variante. Trabajan por hipótesis con los pobres y para “transformar” su situación. Las investigaciones dan cuenta de ese trabajo, pero aportan pocas explicaciones acerca de cómo construyen la REP. En un estudio de 1993(Salimas y Safa, 1993) se reseñaron 52 trabajos con esta inspiración, y aunque allí se señala que sólo 14 son propiamente de investigación, resulta interesante constatar la temática recurrente: el educador y los programas. Las metodologías educativas y los procesos educativos son el centro de interés, y en éstos lo principal es analizar la participación de los educandos, la organización popular gestada o no, la apropiación de programas e instrumentos por parte de los propios beneficiarios y el impacto en el cambio social tanto en lo micro como en lo macro.



Cabe señalar la cuasi desaparición de investigaciones con esta inspiración, quizá por el advenimiento del pluralismo y los procesos democratizadores en América Latina como supuesto generalizado del desarrollo.



Fijadas las posiciones teóricas o puntos de vista conceptuales para definir la relación educación-pobreza, queda ahora revisar las respuestas encontradas a la cuestión central.



Los resultados





Sin duda, el gran aporte de la IE vinculada con el capital humano ha sido mostrar empíricamente la existencia de una relación compleja entre la escolaridad y diversos elementos de la economía tales como el trabajo, el bienestar, la desigualdad, el ingreso, la equidad y la igualdad de oportunidades. En ocasiones, el resultado confirma el supuesto central de la teoría; en otras, lo niega. Y en muchos casos, el resultado evidencia cómo la política educativa, no obstante aludir en el discurso a dicha teoría, en la práctica revelada por la IE resulta en hechos un tanto contradictorios con los supuestos. Por una parte los hallazgos se parecen más a las ideas de la teoría marxista que a la noción del capital humano: la educación depende de las diferencias sociales y económicas de los educandos. Los pobres reciben una educación de menos calidad, cuentan con maestros menos preparados, y sufren cierta discriminación en los insumos necesarios (Muñoz Izquíerdo, 1995: p. 158). Diferentes investigadores lo muestran en sus estudios (Muñoz Izquierdo, Aguado López, Bracho, Vielle, Schmelkes). Por otra parte, evidencian la importancia de la escolaridad para conseguir una mejor posición en el mercado de trabajo, al menos en cierta edad (jóvenes), ciertos trabajos, ciertas regiones y ciertas condiciones del contexto



(CEE, Muñoz, Escobar, Muñoz I Suárez). No se pueden hacer afirmaciones generales para todo el país y todos los tiempos. Sin embargo, a modo de ejemplo recogemos a continuación algunos de los principales resultados de la IE a partir de la teoría del capital humano y con métodos deductivos realizada sobre los efectos de la escolaridad en la ocupación y el ingreso11:



1. En aquellas ciudades donde los índices de escolaridad son más altos, la tasa de desocupación es mayor. Ya sea por la pérdida de valor de los certificados (se necesitan más grados para una remuneración satisfactoria), ya sea por la disminución en la brecha de salarios de la población que está educada y la que no.



2. Las proyecciones realizadas en base a datos hasta 1991 indican que dos terceras partes de los alumnos que terminen sus estudios profesionales durante el periodo 1991-2000 podrán incorporarse al sector moderno de la economía. Pero si a la tercera parte restante le sumamos los alumnos desertores, habrá un 70% de los egresados y desertores que desarrollarán su labor productiva en el sector informal.



3. Los emigrantes rurales enfrentan y enfrentarán una caída abrupta de sus oportunidades de empleo, pues carecen de la capacitación necesaria para trabajar en talleres de manufactura (estudio realizado en la ciudad de Guadalajara).



4. La incorporación de algunos egresados del sistema educativo al sector informal no es voluntaria, y se verificó en la época y en la región de más rápida expansión del sistema educativo (‘71 a ‘81 en el DF).



5. En el caso de los jóvenes sí se verifica una correspondencia entre la diferenciación ocupacional y la diferenciación educativa. En los mayores de 25 años se da sólo en áreas urbanas. Por tanto, la educación formal funciona como filtro al seleccionar a quienes reciben salarios más altos en las zonas más desarrolladas.



6. Se encontraron diferencias significativas entre los promedios de escolaridad de los hombres y las mujeres cuyas ocupaciones corresponden a la “supervisión de trabajo no manual”, así como en las “ocupaciones no manuales”. Así, parecería que los mercados de trabajo son discriminatorios para las mujeres.



7. Los trabajadores son escogidos de acuerdo a la escolaridad de todos aquellos que compiten por los distintos puestos.



8. Los egresados de la educación formal tienden a permanecer en las ocupaciones que ellos mismos desempeñaban al salir del sistema educativo. La primera ocupación depende de la escolaridad adquirida por el sujeto. Entre los determinantes de la ocupación actual, para las mujeres ocupa el primer lugar el primer empleo. Para los hombres, la educación obtenida. Para las mujeres, la escolaridad ocupa el segundo lugar. Para el salario actual, en las mujeres es determinado por el empleo actual; en los hombres, por la educación adquirida.



9. En un estudio de 598 microempresas del distrito federal12, no se encontró “evidencia de que los individuos que han tenido mayores niveles de escolaridad estén contribuyendo, al menos en forma significativa, al desarrollo y la adopción de tecnologías adecuadas a la dotación de factores de que dispone el país, al desarrollo de organizaciones productivas que se propongan alcanzar las condiciones necesarias para competir favorablemente con las empresas monopólicas, o a la creación de empleos para los sectores mayoritarios de la sociedad”. Las microempresas dirigidas por los mayormente escolarizados funcionan, pero no para la sociedad, sino para los sujetos.



10. No hay evidencia empírica de que exista sobre-escolarización en México, de que el mercado de trabajo opera con criterio de credencialismo, o de que hay desempleo generalizado entre los más educados. Otro modo de observar los resultados de la IE ligada al capital humano, pero en la vertiente de la “calidad educativa”, es recuperar los datos de diagnóstico de la educación generalmente admitidos tanto por las instancias gubernamentales13 como por los investigadores educativos. A continuación anotamos los datos más relevantes:



1. Cobertura. Un cálculo conservador indica que 2 millones de mexicanos de entre 6 y 14 años no iban a la escuela en 1997. Es poco menos del 8% de los mexicanos con tal rango de edad.



2. Además, persiste la inequidad entre entidades y entre municipios. En Chiapas es el 27% la población entre 6 y 14 años la que no asiste a la escuela. En el Distrito Federal no llega al 7%. Sigue siendo verdad que las sociedades rurales tienen mayor dificultad para recibir y/o acceder al servicio educacional. En localidades con menor de 100 habitantes (108 mil según el censo de 1990) el 35% de los niños en edad escolar no asiste a la escuela. En ciudades de 100 mil o más habitantes, sólo el 6.3% no asiste. Si lo vemos por entidad o municipios, la pobreza se agudiza en comunidades pequeñas de estados y municipios rurales y poco habitados, y llega hasta el 50% en lugares de Chiapas y Guerrero.



3. El 7% de la población nacional es considerada indígena. Ahí se concentra el 26% de los analfabetos del país. Todavía no se logra una educación pertinente a estos grupos. En México hay 4.2 millones de analfabetos, el 8% de la población de 15 años o más14.



4. La diferencia de género es perceptible en la educación: las mujeres de 12 a 14 años dejan de asistir a la escuela más que los varones del mismo grupo de edad. Por cada varón hay 1.22 mujeres en esa situación. Los analfabetos hombres son 9.6% del total de la población masculina. En las mujeres, la cifra es cercana al 15%.



5. Los niños y jóvenes en situación de discapacidad, emigrantes y habitantes de las zonas marginadas urbanas, aunque no estén cuantificados, son un numeroso grupo de mexicanos sin acceso (o posibilidad de acceder) a la oferta educativa nacional. Piénsese sólo en el ejemplo de la creciente comunidad de niños en y de la calle, usuarios de las áreas urbanas de las principales ciudades del país y sin acceso a la escuela.



6. La reprobación, aunque disminuye con los años, aun es un problema que resulta más agudo entre los habitantes de zonas rurales, marginadas o pequeñas. En el país, el 10.1% de los alumnos reprueban el grado que cursaron. Un comportamiento semejante tienen los indicadores de repetición de cursos y deserción15.



7. La eficiencia terminal de la educación primaria en 1990 tuvo todavía un valor alto. Si se relaciona los alumnos que terminan 6to grado con los que iniciaron la primaria cinco años antes, se obtiene un porcentaje del 55.6%. Pero si los relacionamos por cohortes, el porcentaje disminuye a 36.9%.



8. El rezago por edad, medido en términos de niños que no terminarán la primaria antes de cumplir los 14 años, es en 1994 de 3.1% a nivel nacional. Ha llegado a esa cifra mínima luego de un porcentaje de 10.8 en 1979. Los números se incrementan, otra vez, en entidades con mayor población rural y con mayor número de localidades pequeñas16.



9. El 17% de las escuelas primarias del país en 1994 no ofrecían los seis grados del nivel educativo. Es decir, son escuelas “incompletas”.



En resumen, el diagnóstico es de desigualdad de oportunidades, que se manifiesta en la menor posibilidad que tienen los pobres de ingresar oportunamente a las instituciones del sistema educativo, de permanecer hasta terminar los ciclos escolares, y de alcanzar el aprovechamiento escolar satisfactorio. La investigación, basada en los datos diagnósticos del tipo antes anotado, nos lleva a dos afirmaciones contrapuestas pero complementarias: “los pobres tienen menos oportunidades educativas porque son pobres” y/o “los pobres tienen menos oportunidades educativas porque se les ofrece una educación empobrecida”(Centro de Estudios Educativos, 1993: p. 219; Bracho, Teresa, 1995: p. 273).



Los resultados empíricos mostrados no cuestionan radicalmente el supuesto del capital humano, pero sí lo dejan mal parado. La teoría del capital humano es una “teoría producto” de quien ve la educación, específicamente la escolarización, como una variable del bienestar económico. Sin embargo, es insuficiente para describir y explicar el comportamiento del fenómeno educativo en sí mismo, no obstante el adelanto que implica la “calidad” como marco analítico. Nadie puede quedar satisfecho con una teoría que confía en la escolarización para “una mejor vida” si en los hechos ni siquiera es posible ofrecer la misma oportunidad a todos, y tampoco queda claro que la escolarización es el modo para que la sociedad, y no sólo los sujetos, se desarrolle y pueda sortear los obstáculos que representan la clase social y los modos estratificados y diferenciados de tener acceso a las oportunidades.



La IE inspirada en la teoría marxista aporta resultados en la dirección de construir los fundamentos históricos, teóricos, metodológicos y epistemológicos de la educación popular. Con base en estos trabajos se dispone de modelos y tendencias



claras de educación popular y comunitaria. En los trabajos recientes se detecta un esfuerzo que los mismos investigadores llaman de “refundación” de la educación popular, una vez que el marxismo ortodoxo entra en crisis con la desaparición del



mundo socialista (Bastias y Cariola, 1995: p.121). Así, la IE nos anuncia una nueva forma de considerar la REP desde este paradigma. Probablemente no sea más una “educación marginal para los marginados”, si se permite la generalización crítica, sino una “educación para participar y usar el poder”, ubicada en los temas dejados de lado en la educación estatal: educación ciudadana, para la paz y los derechos humanos, para la democracia.



En los últimos años la IE ligada a la teoría marxista ha tratado de evaluar lo que en términos de calidad de la educación es su “relevancia”, esto es, la contribución real de la educación popular y la educación no formal a generar mejores condiciones de vida en los educandos. No hay aun suficiente desarrollo para tener conclusiones y aportes válidos. Hasta ahora, la IE disponible indica que efectivamente la educación popular y la no formal educan, pero no hay evidencia empírica de que eleven los ingresos o brinden mayor movilidad ocupacional. Alos fines de esclarecer la REP, queda claro que la educación no formal y popular sí pretende el mejoramiento del nivel de vida de los “educandos”, aunque el supuesto sea cambiar la sociedad y luego acceder a un contexto más igualitario. En tanto es posible tal cosa, ha de lograrse una cierta movilidad social y una forma de vida “mejor”.



En una apretada síntesis se puede establecer que la relación entre “educación y pobreza” está en dos coordenadas. Una en el ámbito macrosocial, determinada por el contexto socioeconómico del país, y otra en el terreno de lo microsocial, en las características de la operación interna del sistema educacional mismo. Va desde la distribución del ingreso que merma las posibilidades de los niños mexicanos para asistir a la escuela, hasta el deficiente desempeño del maestro no preparado parta atender situaciones de riesgo de exclusión en el aula misma.



Reflexiones finales





Silvia Schmelkes resume la paradoja de la IE ante la REP: “Difícilmente los que nos dedicamos a la educación estamos dispuestos a aceptar que la educación es impotente frente a la pobreza; difícilmente accedemos a admitir que la actividad educativa carece de la capacidad de contribuir a la creación de una sociedad más justa, a la formación de individuos autónomos, creativos y participativos y al mejoramiento del nivel de vida de la colectividad social en la que se encuentran



insertos los beneficiarios del hecho educativo”(Schmelkes, Silvia, 1995: p. 13).



La reflexión anterior define que, si bien no se puede demostrar que la educación “saca” a los pobres de la pobreza, tampoco demuestra que se pueda prescindir de la educación en el combate contra la pobreza.



Los aportes de la IE, limitados en cuanto a responder con claridad a cómo la educación se relaciona con el ingreso, y con una visión “prestada” todavía en muchas de sus partes, nos remite en el fondo a considerar una posición acerca de la definición de pobreza. A partir de la constatación de la coexistencia de educación deficiente con educandos situados por debajo de la línea de pobreza, el punto crítico se vuelve precisamente la “línea de la pobreza”.



Los ejercicios de identificación de las carencias educativas se asocian a quienes están por debajo de la línea de pobreza como una característica adicional de su pobreza. Por eso, aventurar que la carencia educativa es causa de la pobreza, entendida ésta como una ubicación respecto de la línea de la pobreza, requeriría un ejercicio complejo de demostración mediante el cual se proporcione evidencia acerca de cómo crece o no el ingreso de una persona según asista a la escuela o no. Al momento, no hay disponible un ejercicio semejante. Lamentablemente, tampoco se dispone de un análisis utilizable para demostrar lo complementario: sólo aquellos que se han educado tienen ingresos por encima de la línea de la pobreza.



La evidencia disponible muestra que en forma mayoritaria los pobres carecen de educación, o que la disponible es deficiente. Sabemos también que la educación deficiente se acentúa en las zonas pobres, aun cuando existan casos de



educación excelente en dichas zonas.



Esto nos lleva a considerar la orientación de la política educativa, principalmente gubernamental. Es necesario analizar las medidas político-prácticas puestas en juego por el Estado, responsable de la educación nacional, para atenuar las deficiencias educativas, independientemente de su efecto demostrable en la disminución de la pobreza.



Se puede al menos establecer que el gobierno mexicano ha realizado un esfuerzo sistemático por enfrentar el problema de la deficiente educación, no siempre con éxito, según los estudiosos.



Los estudios de la política educativa muestran la generación de dos tipos de estrategias para aterrizar la política: una de carácter emergente o de corto plazo, y una de largo alcance, para el largo plazo. Entre las primeras están: el incremento de la cobertura, es decir, la relación entre lugares disponibles y población escolar, la atención a la reprobación, la retención, el rezago y la deserción; desde 1995, la atención especialmente a la evaluación y la formación de docentes. Entre las segundas están: la capacitación del magisterio (por ejemplo, un decidido impulso al postgrado magisterial); la implementación de políticas docentes alternativas con base en dos corrientes: la tecnología educativa, hoy denominada de



desarrollo instruccional, y el humanismo pedagógico, centrado en la revalorización de la docencia y del docente (Muñoz Izquierdo, 1998).



Una manera sencilla de darse cuenta de los esfuerzos del gobierno en la materia son los datos relativos al financiamiento de la educación. Habiendo crecido con fuerza en las décadas anteriores, los ‘90 muestran un cierto estancamiento tanto en la proporción del gasto del gobierno como en proporción con el PIB (véase Cuadro 4 para los datos).



Si hacemos caso a los elementos aportados por la IE, se puede decir, de manera un tanto heterodoxa, que los pobres desde la educación son, entre otros:



• Los niños y niñas que no asisten a la escuela, y especialmente si viven en



áreas rurales, en comunidades de pocos habitantes (menos de 100), o en zonas



urbanas marginadas.



• Las niñas de más de 12 años, especialmente si viven en zona rural o marginada urbana.



• Los niños y niñas indígenas del país, en su mayoría.



• Los indígenas en general.



• Los analfabetos, totales y funcionales, del país.



• Los niños que reprueban grado y casi seguro desertan a continuación de la escuela.



• Los niños y los jóvenes desertores, especialmente los urbanos.



• Los niños escolares con deficiente aprovechamiento escolar, y que deben repetir cursos.



• Los jóvenes y adultos rezagados por edad en la terminación de la primaria.



• Los niños y jóvenes que asisten a escuelas ubicadas en zonas rurales y urbanas marginadas, porque acceden a una educación deficiente.



• Los niños y jóvenes que asisten a la escuela pero no gozan de una atención adecuada a su situación socioeconómica por parte de los docentes.



• Los niños y jóvenes que, habiendo culminado los ciclos escolares con éxito, no pueden demostrar la adquisición de las competencias culturales básicas.



En suma, los pobres son quienes no acceden a la escuela, quienes acceden en condiciones inequitativas, y quienes reciben educación irrelevante o ineficiente.



Bibliografía





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Opinión Pública y Pobreza




Opinión Pública y Pobreza
Eduardo Amadeo


En el marco de los espacios de reflexión que el Observatorio Social convoca frecuentemente, destacó el “clima” de rechazo a la política social en general y a los planes sociales particularmente que se percibe en la actualidad. Esto incluso se derrama a los beneficiarios de los programas sociales, los cuales caen debajo de categorías estigmatizantes. Esto parece estar empezando a formar parte de algunos conceptos básicos de la sociedad argentina.

Una encuesta acerca de la construcción del discurso de los candidatos llevada a cabo durante las últimas elecciones arrojó los siguientes datos:
• ¿Está usted de acuerdo con que hay que reprimir a los piqueteros aunque haya heridos? 72% de acuerdo. Pobres, ricos y medianos.
. ¿Está usted de acuerdo con que no hay que aumentar los montos destinados a los programas sociales? 82% de acuerdo

Fueron los dos temas que alcanzaron mayor consenso. Existe una asociación ya estructurada entre asistencia social, clientelismo y financiamiento espurio de la política. Si se intenta buscar pruebas seriamente, esto es muy difícil de probar, si bien ya forma parte del imaginario de los argentinos.

Hay también una serie de muletillas, afirmadas por amplios sectores de la sociedad sin sustento estadístico ni profesional:



- no llega ni el 10%



- hay demasiados programas sociales



- los desocupados son vagos



- criminalización de los menores



- identificación entre culpable, pobre y vago. (No merecen formar parte del nosotros)





Esto trae consecuencias sobre el contrato social, desaparece la categoría del “nosotros” y la renuencia de la gente a ser parte del sistema de transferencias.



Todo este panorama constituye un problema estructural muy grande para la política social sumado al grave problema de exclusión que presenta la Argentina.



Frente a este diagnóstico Eduardo Amadeo propone implementar un sistema estable de transferencias, expandir la participación del gasto social en el PBI, etc.





Pero son estos consensos de la opinión pública los que obstaculizan e incluso llegan a impedir la discusión acerca de estos temas.



Este imaginario social que se ha construido respecto a que los excluidos no son merecedores de porque forman parte de un mundo perverso en el que se mezcla el clientelismo, financiamiento de la política, vagancia y uso inapropiado de los recursos sociales, nos pone un techo muy bajo para la posibilidad las políticas sociales contra la exclusión.



Alberto Quevedo

Señaló el modo en que los medios de comunicación tratan algunos temas, cómo los hacen ingresar a la agenda pública la agenda social, la agenda de los gobiernos, los temas políticos, los temas como el de pobreza, los temas de inclusión social, del gasto social, etc.



El tema de instalación de temas se plantea en torno a dos categorías: visibilidad/invisibilidad. Siempre que un tema en la agenda mediática se hace visible, se instala, hay algunos otros temas que quedan obturados, y ese es un modo de funcionamiento de los medios, que no solamente atañe a la pobreza, sino el modo en el cual los medios seleccionan de un repertorio de cuestiones sociales, políticas, económicas algunas de esas y las ponen en primer plano y luego dejan otras ocultas.



Los medios de comunicación tienen una lógica propia de funcionamiento, que no tiene nada que ver con los intereses ni de la política ni de los actores sociales, ni de los debates públicos, etc. Lo que define que una problemática social sea prensable o no prensable es casi siempre una perspectiva comercial. Desde el 2000 al 2002 la pobreza tuvo amplio espacio en los medios por la posibilidad de espectacularización a través de los números arrojados y el impacto que genera sobre la Opinión Pública. En segundo lugar, el tema de la pobreza interesaba en los programas llamados de “investigación periodística” en cuanto contribuían a la construcción de casos, por ejemplo el de los niños desnutridos de Tucumán.



Las cifras y la construcción de casos fueron las formas en que los medios de comunicación plantearon el tema de la pobreza. Volviendo al tema de la visibilidad/invisibilidad, este particular planteo dejó fuera de consideración, temas tales como: causas de la pobreza, deterioro social (solo interesa el extremo y no el proceso por el que se llega a el), por último, las cifras del crecimiento económico dejan afuera temáticas tales como concentración de la riqueza y redistribución.





Por último, Quevedo destacó que el tema de gasto social ha logrado ingresar a la agenda pública, si bien es improbable que logre ser planteado bajo la categoría de inversión o derecho. Mezclados junto al gasto social surgen planteos en torno al “gasto inútil” y el clientelismo político.



Se percibe una clara dificultad en los gobiernos para instalar estos temas desde la perspectiva de la inversión o de los derechos sociales.



Artemio López



Coincidiendo con lo expuesto por Alberto Quevedo, remarcó la dificultad para plantear en los medios temas tales como distribución del ingreso, estructura de los sectores dominantes, mecanismos de apropiación, etc.



Si bien descubre cierta banalización de la pobreza en los medios de comunicación, rescata el puntapié que dicha aparición da a la discusión pública en torno a estos temas.



Habló de una situación paradojal entre los medios y la pobreza, ya que la mayor parte de información va dirigida a los mismos pobres.



Es muy difícil encarar una reflexión en torno al fenómeno del empobrecimiento en la Argentina sin desembocar en la comunicación espectacular que se da hoy en día en torno a las cifras que señalan la cantidad de personas que entran y salen de dicha situación.



El gran desafío es romper con el planteo “matemático” de la pobreza, donde ser pobre implica únicamente no tener determinados ingresos mensuales e ir a un discurso que tenga más que ver sobre las condiciones de producción de ese mecanismo de empobrecimiento, cómo circula, como funciona y cómo se profundiza o no en la coyuntura actual. Por el momento estos trabajos no tienen buena recepción en los medios.



El segundo gran desafío es quebrar la banalización del discurso sobre clientelismo político, porque más allá de que existen fenómenos de construcción de clientela, la asociación de estructuras de gestión de gasto social y de políticas sociales necesariamente con la construcción de clientela política me parece que también es parte de un discurso que está vinculado a un discurso de poder, un discurso sectorial, un discurso corporativo que hay que desarticular.



Si bien simulan ser dos cuestiones disociadas, están conectadas y deben ser resueltas de forma articulada, generando un discurso que hable sobre las condiciones de producción de



la pobreza pero que al mismo tiempo sea capaz de desarrollar y proponer como necesarias políticas sociales más allá del discurso garantizado de la construcción de clientela.



Heriberto Muraro

Primero: la pobreza no es un acontecimiento, luego si no es un acontecimiento tiene poco espacio dentro de los medios. Como no es un acontecimiento, se vuelve parte de la meteorología social.



En Estados Unidos, se ha calificado el tema de la pobreza como un tema no noticiable. La manifestación de la pobreza es normalmente en los medios, a través de lo que se llama “crisis simbólicas”, hay un hecho dramático en algún momento con un par de niños que se mueren en la calle durante el invierno, los periodistas lo rescatan, lo ponen de moda, eso es tema durante 15 días. Lo que tiene más prensa es la inflación, después la desocupación y por último la pobreza.



Dado que va a haber un incremento inflacionario en la Argentina, el tema de la pobreza quedará nuevamente relegado.



Otro dato sorprendente es que recién en el año 1995 aparece el rubro pobreza en las encuestas.



Señaló también la ambigüedad e hipocresía con que se tratan estos temas y las dificultades que ello conlleva. Por ejemplo, la actitud de la sociedad argentina frente al FMI, las encuestas reflejan que lo odia pero apoyan la decisión de firmar acuerdos con dicho organismo.



Comentarios de la Mesa



- Intentar ver cuáles son las condiciones en las cuales una sociedad genera dicha opinión.



- Constante asociación entre pobreza y desempleo. Han corrido ríos de tinta para demostrar que la pobreza es un problema de empleo más que de desempleo.



- Hipocresía de la clase media en torno a la pobreza. La gran conversación es con los sectores más bajos. Hay una gran red social de información



- Sustrato filosófico: Esto no se arregla en los términos de vida nuestros. Si no se parte de este supuesto, no es posible encontrar una salida. Por ejemplo, entregar más eficazmente los planes sociales, porque los beneficiarios de los mismos son más que aliados, críticos.







- Hay que descubrir las complicidades que existen en la construcción del discurso.



- Necesidad de generar un circuito de comunicación permanente. Una vez lanzada la polémica, tener la capacidad para cerrar el contenido.



- Los medios de comunicación tienen una problemática propia que hay que comprender. Hay que comprender los códigos, la forma de trabajo.



- Se necesita por lo tanto comprender cual es el mensaje o el hecho que lo hace o lo convierte en acontecimiento para los medios de comunicación.



- Una propuesta sería: definir muy bien los temas, las soluciones que los distintos sectores pueden dar a esta problemática social.



- Desde el punto de vista de la comunicación crear el interés en los periodistas. Es más, creo que proactivamente se podría crear una corriente de nuevos periodistas especializados en esta temática a partir de organizaciones que se preocupen por tener una política de comunicación sistemática con estos medios.



- Los medios son “co-producidos” por la sociedad.



- Agenda paralela: lugar donde discurre la gente que está al lado de los grandes medios.



- Comunicar desde lo ficcional, desde las oportunidades que brinda el espectáculo





Artemio López



La frustración que hoy en día se vive en el ámbito de las políticas sociales se debe en gran medida a los intentos de reemplazar los efectos de una política económica por políticas sociales. Es necesario por ello, volver a situar a las políticas sociales en el sitio que les es propio. Nadie puede hacer política social para 14 millones de pobres. Se necesita desarrollar una redefinición del objetivo de las políticas sociales en la Argentina.



Heriberto Muraro



Subrayó la irrenunciable necesidad de la voluntad política.



Llamó la atención respecto al hecho de que los actores sociales que intentan comunicar, lo hacen a través de conceptos, mientras el público entiende a través de historias, relatos.



Alberto Quevedo



En los últimos 20 años ha cambiado mucho el periodismo, desde su espectacularización hasta la profesión misma. El periodista actual tiene como características, el hecho de ser multimediático y generalista.







Frente a este diagnóstico, habría que intentar cierta formación de los periodistas, proveerles más datos, mayor información.



Eduardo Amadeo



Es cierto que los problemas son económicos, sin embargo, la batalla también es necesario darla desde lo social. La dificultad que hay de hacerlo desde la mirada de lo social, por esta banalización constante de los conceptos se hace muy cuesta arriba.